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Gladiator. Algo más que un destino (108)

El film de Ridley Scott Gladiator se inicia con una gran batalla entre romanos y germanos. El general de las legiones romanas, Máximo Décimo Meridio, (Russell Crowe), gritaba a sus soldados: «Dentro de tres semanas yo estaré recogiendo mis cosechas. Imaginad dónde queréis estar y se hará realidad». Luego añadió: «Hermanos, lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad». Quizá hayan sido estas palabras las que abocaron a nuestro héroe a renunciar a sus sueños  y alejarse de sus amadas campiñas extremeñas, cercanas a Merita Augusta. En el campo de batalla yacen más de cinco mil soldados romanos muertos. Máximo, extenuado, grita: «Roma Vinci». Y entre tanto, en un carromato, Cómodo (JoaquínPhoenix) intriga sobre las decisiones de su padre para su sucesión. Tales son las paradojas del ser humano: mientras unos defienden sus ideales, otros sólo quieren vivir de los resultados del vencedor.
 
Marco Aurelio (Richard Harris) agradece a su fiel guerrero conminándole a que esta sea la última matanza. Para Máximo, esto sólo es posible después de aniquilar a todos los enemigos de Roma. El César le recuerda: «Siempre hay alguien con quien pelear». Pero Máximo quiere volver a su hogar. Unos minutos antes se debatía en el suelo contra la muerte. Sus manos ensangrentadas cercenaban los cuerpos que se movían a su alrededor. Las cosechas para las que estaba preparado no eran las de los campos fértiles donde crecen las espigas de trigo. Su alma ruda no vislumbraba su futuro, ni tampoco apreciaba su presente.
 
Llenamos nuestras vidas de conocimientos y de vivencias. Nos debatimos entre el éxito y la riqueza, anhelando momentos y lugares que nos abstraigan de los esfuerzos. Nos confrontamos con las horas de trabajo y los breves instantes de placer, mientras que el mundo nos reclama consideración y compresión social.
 
Roma necesitaba a un estratega. Máximo ya había aprendido a guerrear, había practicado la lucha y experimentado la victoria. Todas estas experiencias le conferían congruencia y capacidad para lidiar con un nuevo estado de cosas donde primara el diálogo sobre la guerra. Sólo él podía transmitir la necesidad de consenso con los países vecinos. Atrás quedaban los muertos; no hay ninguna guerra que no aporte dolor a todos los implicadas. En cada discusión, en cada confrontación, todas las partes pierden.
 
Algunos somos como Cómodo. Llegamos al final de la contienda, y cuando los soldados gritan el nombre de Máximo enfebrecidos de admiración, la envidia nos envilece. Cuando el pueblo grita el nombre del envidiado suplicamos la misma atención. Los días de recreo ya pasaron, y ahora queremos que nos aclamen. «Me la perdí, me perdí la batalla», grita Cómodo abrazando a su padre. Nos hemos perdido la batalla. No estuvimos en la guerra de la vida y queremos los laureles del triunfador. Nos debatimos entre el esfuerzo y la desgana; sin embargo, nos regocijamos apropiándonos de los triunfos ajenos, porque en nuestro yo profundo llevamos mucho de Máximo, pero también de Cómodo. Repudiamos el alejamiento de nuestro padre. Nos sentimos zaheridos con las lanzas del desamor cuando nuestro amado protector mira con orgullo a nuestro opositor. Horas antes nos recreábamos en el placer fútil y disoluto.
 
Quién va a dirigir este nuevo mundo. El mundo del cambio. Donde desaparezcan la corruptela, los intereses creados, las diferencias entre unos y otros. Donde el hambre sea un recuerdo, la pobreza una fiebre pasajera. Donde todos los niños sean atendidos por igual. Donde el rico hable con el pobre y le enseñe el arte de la riqueza. El lugar en el que todos miremos a un mismo punto. En el que las mejores ideas confluyan para cuidar el planeta.
 
Marco Aurelio nos llama a sus aposentos. Nos pregunta: ¿por qué estamos aquí? Sabemos la respuesta, y como Máximo decimos que estamos aquí por la gloria del Imperio. Sabemos que estamos en el mundo para el mundo. No para nuestros propios intereses. Hemos nacido para hacer crecer lo que nos rodea y convertirlo en próspero y útil para aquellos que viven en este “imperio!. Marco Aurelio nos enseña el mundo que hemos creado. Inmenso. Igual que las conquistas de Roma.
 
Durante miles de años hemos luchado los unos contra los otros. Hemos pensando que con cada terreno arrebatado a los otros ganábamos algo para nosotros. Hemos vertido sangre, dolor, miseria. Durante siglos no ha habido ni cuatro años de paz en la Tierra. Y, ¿para qué? El César se hace esta pregunta rendido.
 
Sentémonos juntos. Hablemos un rato con franqueza. De persona a persona. Millones de nuestros hermanos yacen en el frío barro. Muchos sangran por sus heridas. Otros no abandonarán los lugares a los que llegaron para saciar su hambre. No quiero pensar que lucharon y murieron por nada. ¿Qué quiero creer? Que hasta ahora hemos luchado por unos ideales, por unas creencias. Seguramente no lo hemos hecho de la mejor forma. Como Marco Aurelio propone, es necesaria una transformación. Es el momento de dar un giro a nuestro modo de entender la vida.
 
Adelantemos a nuestro final. Que antes de sentirnos agotados, tengamos una perspectiva diferente. Ciertamente, soñamos con nuestra casa, y el sol la calienta con sus rayos. Pero sólo cada uno de nosotros puede aportar una luz diferente a este holocausto que nos rodea. Miremos atrás. Recordemos las veces que le hemos dicho que no al Marco Aurelio de nuestra existencia. A cuántos ofrecimientos de ser los protectores de este mundo nos hemos negado, y en nuestro lugar hemos nombrado a otros. El mundo lo dirigen muchos Cómodos que aman el poder, aunque no el camino para lograrlo. Hay muchos Máximos que se negaron al honor de ser los transformadores.
 

Seguiremos hablando de Gladiator. Gracias por estar al otro lado y leer estas reflexiones de tú a tú. 

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Family Man, una dualidad diferente (103)

 En el film Family Man de Bertt Ratner que Antena 3 emitió el pasado viernes, Jack (Nicolas Cage) vive un proceso de lucha contra sí mismo entre su éxito y la posibilidad de formar una familia. Ya en la carátula nos amenazan con una grave pregunta: «¿Qué habrías elegido tú?». Y nos dan dos opciones: éxito o familia. Me detengo con miedo, y creo que si decido por una estaré impedida para disfrutar de la otra. ¿El éxito me quitará a mi familia? ¿Mi familia me anulará las posibilidades de éxito?

En el año 1987 los personajes principales se despiden, porque Jack se marcha a Londres a trabajar en un prestigioso banco inglés. Kate (Tea Leoni) tiene el presentimiento de que algo va a salir mal. Jack, sin embargo, piensa que Londres es el principio de una nueva y espléndida vida. Kate le pide que no se vaya. Que olviden todos los planes previos, y que inicien una vida juntos. No puede ofrecerle ningún futuro prometedor, pero lo construirán juntos. Kate piensa que así serán felices; cree que lo mejor que hay en el mundo es el amor entre ellos dos. Jack le jura que ni cien años pueden cambiar lo que comparten.
 
La historia muestra lo efímero de nuestras promesas. Trece años más tarde, Jack tiene una vida llena de lujos. Sus relaciones están teñidas de deseos, falta de respeto y exigencia de resultados. Su colaborador Alan quiere pasar la Nochebuena con sus hijos, a los que les ha prometido acudir pronto. Jack trivializa su petición y le ofrece a cambio un talón con más de diez ceros. Van pasando las horas y el día se agota. La ironía va llenando los despachos junto con la dureza de unos y otros. Jack pasa la Navidad solo.
 
La película retrata a un tipo muy exitoso profesionalmente, y a la vez egoísta e interesado, contraponiéndolo a otro cariñoso, familiar y sin grandes posibilidades para mantener a su familia. Según esta comedia, es imposible que nuestro carácter reúna ambas cualidades sin que parezcamos seres bicéfalos luchando el uno contra el otro.
 
El director muestra un ambiente cosmopolita, con atuendos de diseño y ambientes sofisticados, que contrasta con una vida vulgar en la que todo se resume en sacar adelante a dos hijos, y en fracasos y vivencias deprimentes. Como espectador te dejan muy pocas opciones. Si eliges al primero ganarás mucho dinero y estarás solo, y si optas por el segundo, los compromisos y las responsabilidades te mantendrán prisionero.
 
Por supuesto, al mostrarnos a una caterva de personajes literalmente ahogados en el lujo, con sus cualidades morales adormecidas, el guión ya nos está haciendo inclinarnos por una de las dos opciones. Como espectadores, nos dejamos convencer de que las almas más hermosas sólo pueden habitar en lugares alejados de las grandes ciudades y ejercer profesiones que no impliquen progreso, dedicación y lucro. Ciertamente, nuestras dudas sobre lo que es la calidad humana están muy arraigadas, y nos dejamos llevar por ellas.
Voy recordando los momentos donde la vida me ha situado en dos coyunturas. Dos caminos en los que elegir uno era abandonar el otro.
 
El director nos muestra etapas de la vida de todos nosotros. En algún aeropuerto decidimos tomar el avión equivocado, y hemos arrastrado con nuestro error a muchos otros. También hemos aprovechado nuestras posibilidades en los mejores escenarios, y algunas personas que nos siguieron o a las que acompañamos compartieron su felicidad y lo mejor de ellas mismas con nosotros.
 
En algún momento, nuestra alma alimentó nuestras decisiones, y la generosidad nos acogió dulcemente. En realidad, cada día vamos eligiendo una u otra postura, independientemente de nuestra economía, nuestra familia o nuestras profesiones.
 
No es necesario cambiar los escenarios. Ni quitar o poner hijos. Ni tan siquiera el dinero. La vida de cada uno tiene esas paradojas sin que llegue el hombre del saco y nos arrebate la libertad en aras de ser mejores personas. No es necesario ningún mensajero del cielo para convertir nuestro entorno en el peor o mejor lugar para crecer.
 
Todos los días jugamos a este doblete. Nuestras inquietudes más bajas nos llevan a acciones en las que nos olvidamos de la Navidad de todos los que nos rodean, a veces sin que medie el querer ganar más dinero (que, al menos, tendría un sentido): sólo queremos vencer al que tenemos al lado.
 
Otras veces leemos unas líneas en un libro, o encontramos un mensaje, y lo mejor de nosotros florece y nos moviliza, enterneciendo nuestro corazón. La sonrisa nos rejuvenece, y blandimos nuestras esencias por doquier con aire victorioso.
Cualquiera de esas vivencias nos acerca o aleja de lo mejor de nosotros mismos.
 
No se trata de éxito o familia, querido Brett Ratner, aunque la película ha sido buena para darnos un toque de atención. Los ricos tienen familia y siguen siendo ricos, los pobres están solos y continúan empobrecidos. Esta película va mucho más allá, y nos toca el alma. Nos dice que cada día olvidamos lo que tenemos para sentirnos ricos de nuestra pobreza moral. También nos sensibiliza hacia la necesidad de adentrarnos en las grandezas de nuestro espíritu, y para que éstas se extiendan como una ola inmensa de amor por todos los lugares donde pasamos.
 
Gracias a Family Man hoy hemos compartido un día de cine y nos hemos hecho un poco mejores. Algún niño nos dirá que ha merecido la pena tenernos en esta vida.
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The Matrix. La pastilla roja sin olvidar la azul (98)

El film de los hermanos Wachowski (Larry y Andy) The Matrix, del que hablamos en el post 093, recrea una escena interesante para los indecisos sobre lo acertado o no de haberse decidido por la pastilla roja.

La acción comienza cuando Neo (Keanu Reeves) entra sigilosamente en la sala donde Cifra (Joe Pantoliano) está vigilando el mundo de Matrix. Un mundo codificado que esconde, para este irónico y oscuro personaje, diferentes objetos de deseo. Cifra explica a Neo que las líneas de datos se convierten en sinuosas mujeres de pelo rubio, negro y pelirrojo mientras le ofrece una bebida que ha destilado Dozer, y que de alguna manera rompe las reglas de Morfeo. Durante la charla, Cifra se da cuenta del debate interno de Neo, y le dice: «Sé lo que piensas; es lo que yo llevo pensando desde que entre aquí: por qué demonios elegí la pastilla roja». Silencio. Como espectadora, me invade la inquietud y el frío me sobrecoge. Necesito analizar qué me llevó a elegir mi particular pastilla roja. No identifico la causa real de por qué elegí el color rojo en lugar del azul. Mientras me interrogo, en la pantalla Neo guarda silencio y mira a Cifra fijamente.
Me pasó cuando me debatía entre salvar el mundo o dejarme ir por la inercia de los días. Me atraía la quietud. Quería pararme y que alguien decidiese por mí. Posiblemente, fue esto lo que ocurrió. Cuando me quise dar cuenta, tenía la pastilla roja en la boca, y lo demás fue sucediendo muy rápido, hasta encontrarme donde estoy hoy.
The Matrix. La pastilla roja sin olvidar la azul (98)Neo baja su cabeza. Cifra continua con su incisiva conversación. «¿Por qué estás aquí?… Menudo lío mental. Estás aquí para salvar el mundo. ¡Qué se puede decir ante algo así!». Nada, realmente no se puede decir nada. Neo conoce su misión. Algunos de los que hemos elegido la pastilla roja nos preguntamos qué hacemos aquí. Para qué hemos elegido la pastilla roja. Aún no hemos encontrado el sentido trascendente de la decisión. Miramos a los compañeros de viaje recelosos de sus certezas. A los que nos rodean los percibimos como a Neo. Son los elegidos y conocen el sentido de su existencia. Los otros nos refrendan un ejemplo de claridad y lucidez. Nuestra mediocridad nos invade y nos mortifica.
La envidia nos debilita. Se hace perentorio el afán de escapar de la cárcel de la pastilla roja. Con ella se han quedado muchos deseos sin cumplir. Locuras por disfrutar. Pasiones que ya no son posibles. Detrás de la pantalla del mundo cifrado pasean delante de nuestros ojos los afanes insatisfechos. Las riquezas que aún no se han materializado. Todos los intangibles que permanecen en nuestra cabeza, a los que no les hemos dado la ocasión de hacerse realidad.
El film continúa. El señor Smith (Hugo Weaving)y Cifra están cenando. La conversación la inicia el señor Smith con una pregunta directa: «¿Tenemos un acuerdo, señor Reagan (Cifra)?». Cifra contesta: «¿Sabes?, sé que este filete no existe. Sé que cuando lo meto en mi boca es Matrix quien le está diciendo a mi cerebro: es bueno, jugoso… Después de nueve años, ¿sabes de qué me doy cuenta? De que la ignorancia es la felicidad».
Cuántas veces en el pasado he deseado no saber. Perder la conciencia de todo lo aprendido. Esconderme detrás de la ignorancia más absoluta para disculpar mis errores, mis apetitos, mis debilidades.
La pastilla roja me aprisionaba. «¿Entonces tenemos un trato?». El señor Smith nos lleva a la elección correcta de la pastilla. Su pregunta abre la posibilidad de retornar a la pastilla azul y olvidarse de todo lo que se ha vivido hasta ahora. Cifra pide no acordarse de nada. De nada. Cifra quiere la inconsciencia de la pastilla roja antes de sumergirse de nuevo en la azul. Quiere ser rico. Alguien importante, como un actor. Cifra quiere reinsertarse en Matrix. Pero sabe, al igual que todos los que hemos vivido con la pastilla roja, que es imprescindible olvidar para volver al pasado. A lo que éramos antes de esta elección.
Cifra deja el teléfono en la basura. Su Judas interno vende a todos sus compañeros. Su pretensión es aniquilar a Neo. El que ha dejado en evidencia su mezquindad, su imperfección. Si Neo no hubiera llegado, quizá todo habría sido distinto. Es posible que hubiese seguido más tiempo en Matrix. Pero Neo era su conciencia. Le hacía verse carente, pequeño, mediocre. La avaricia de ser único, el mejor, el elegido, le saca fuera de ese mundo. Prefiere ser un traidor y volver a Matrix. Para ello, entrega a Morfeo e intenta asesinar a Neo.
Respiro profundo. Matrix nos muestra todas las posibilidades de elección. Vivir el elegido que todos llevamos dentro y fortalecerlo para salir airoso de cualquier pequeña o gran «tentación», o por el contrario ser un traidor que arremete contra la grandeza de todo lo que nos rodea.
La pastilla roja reposa encima de mi mesa de trabajo. La miro. He creado una réplica para saborear la decisión cada día. Cifra cae al suelo tiroteado por su compañero y Trinity besa en los labios a Neo. La vida sigue. Alguien estará decidiendo entre conocer el final de la madriguera de conejos o seguir saboreando la ignorancia y quedarse en el mundo de Matrix.
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The Matrix. Elegir la pastilla azul o la roja (93)

No es lo mismo conocer el camino que andar el camino. (MORFEO)

El film de los hermanos Wachowski (Larry y Andy) The Matrix, que el jueves se emitió en la Cuatro, se inicia con una persecución de un grupo de policías que van detrás de Trinity (Carrie-Anne Moss) quien, en una carrera magistral, y salvando todas las leyes de la gravedad, consigue escapar. Trinity volando entre los edificios con su cuerpo entubado de negro es una buena presentación de la guerrera impecable que ayudará al protagonista a encontrar su camino y a cumplir su meta.

Más adelante, en el ambiente sofisticado de una discoteca, descubrimos a Trinity sensual, con voz aterciopelada, que se acerca a Neo (Keanu Reeves), un joven pirata informático, y le dice: «Cállate y escucha. Sé porque estás aquí. Porque vives solo y noche tras noche te sientas delante de tu ordenador. Le buscas a él. Lo sé porque una vez yo estuve buscando lo mismo, y cuando él me encontró me dijo que en realidad no le buscaba a él. Lo que buscaba era una respuesta. Es la pregunta la que nos impulsa, Neo. La respuesta la encontrarás por ahí. Te está buscando y te encontrará siempre que lo desees».
La película se detiene. Como si alguien le hubiera dado al pause, todo se interrumpe. De nuevo, las palabras de Trinity escenifican una realidad de la que a veces no soy consciente. Quiero saber qué hago aquí. Por qué y para qué cada día me siento delante del ordenador. Qué busco. Por qué necesitamos respuestas. Cuántos de nosotros tenemos clara la pregunta que nos moviliza, que nos conduce a hacer y a estar donde estamos. Es la pregunta la que nos impulsa y nos conduce a descubrir para qué queremos encontrar la respuesta y lo que significa llegar a ella.
The Matrix. Elegir la pastilla azul o la roja (93)
Cuando todo comienza de nuevo, Morfeo (Laurence Fishburne) le está diciendo a Neo: «Ellos te han encontrado antes, pero subestiman lo importante que eres. Tú eres el elegido, Neo. Te habrás pasado los últimos años buscándome, pero yo me he pasado toda mi vida esperándote». Morfeo nos recuerda la verdad más irrefutable: cada uno de nosotros somos los elegidos, y estamos haciendo un recorrido imparable y único. Somos una pieza clave en el puzzle de la humanidad. El papel que desempeñamos es imprescindible para nosotros, los buscadores, pero también es esencial para los buscados. Esta individuación, esta mismidad tan única e irrepetible, es la que permite que lleguemos al final de nuestro destino.
Morfeo sigue: «Neo te explicaré porque estás aquí. Algo no funciona en el mundo. No sabes lo que es, pero ahí está como una astilla clavada en tu mente. Y te está enloqueciendo. Esa sensación te ha traído hasta mí». Es esa obsesión en forma de esquirla la que nos hace revisar el sentido trascendente de nuestra vida. Platón, en la teoría de los dos mundos, ya planteó el mundo real y ficticio como una imposibilidad de dar definiciones comunes a objetos que están en permanente cambio. Morfeo explica que no se puede definir Matrix. Hay que verla, vivirla, descubrirla. Los hermanos Wachowski, inspirándose en la metáfora de la cueva de Platón, plantean que todos estamos metidos en una cueva, y tomamos por realidad las sombras. Nos creemos una percepción proyectada de nuestras ilusiones. Para descubrir lo que realmente anhelamos, debemos penetrar en ello. Convertirnos en aquello que buscamos. Al embebernos en ello, descubriremos lo que tanto tiempo hemos anhelado.
«Esta es tu última oportunidad. Si tomas la pastilla azul, fin de la historia. Despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedarás en el país de las maravillas, y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos ».El primer día que nos planteamos un cambio ya hemos decidido elegir entre la pastilla azul y la roja. Delante están todos los maestros que cada jornada nos muestran puertas para tomar esa gran decisión. En algún sitio nos está esperando. Como Morfeo, podemos creer que un oráculo nos dirá el camino y nos confirmará que somos únicos. Pero debemos recordar lo que este personaje advierte: «Yo sólo puedo mostrarte la puerta. Tú tienes que atravesarla». Nadie puede traspasar la puerta por nosotros. Si queremos llegar al punto de destino, debemos convertirnos en ese destino. La cuchara no puede doblarse. Debemos ser nosotros mismos los que confiamos, aceptamos, nos comprometemos y nos movilizamos hacia nuestro cambio. Entonces, y no antes, nos doblaremos, y podremos trascender.
Al igual que Neo, tendremos que superar las pruebas a las que nos enfrentan nuestras limitaciones, nuestros miedos, nuestras inquietudes. Encontraremos muchos Cifras en nuestro deambular, y quizá hasta lo seamos nosotros. Cuando el enemigo interior nos ataque, tendremos que decidir entre entregarnos a los demás o dejarnos vencer por el egoísmo. Y es que nuestro yo ha de estar al servicio de la sociedad que necesitamos. Ese será el momento en que nuestras cualidades de elegidos nos revitalizarán para, al final, recibir el beso de Trinity, que nos empujará a dar nuestro último impulso. Las heridas abiertas por nuestros errores se curarán con el perdón, y cubriremos nuestro cuerpo con una armadura que nada ni nadie podrá penetrar. Ahí habremos llegado al final de la madriguera de conejos: construyendo un mundo donde cualquier cosa sea posible.
Gracias por leerme hoy.
Video de la escena de la elección de pastilla:
The Matrix. Elegir la pastilla azul o la roja (93)
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Íntimo y personal. Cuando el alumno aventaja al maestro (53)

“Lo que jamás debemos olvidar en el mundo de las noticias es que sólo somos buenos si las noticias que damos lo son.”
Tally Atwater
El film de Jon Avnet, Íntimo y personal, (Up Close & Personal), que el sábado se emitió en Tele 5, se inicia con una entrevista a la exitosa reportera Tally Atwater (Michelle Pfeiffer), en la que el entrevistador le sugiere que cuente alguna de las anécdotas de sus comienzos profesionales, un estupendo símbolo para que nosotros vayamos, a la par que analizamos la película, revisando nuestra procedencia, los puntos clave de nuestro devenir que nos han situado en nuestra posición actual, y el reconocimiento a los benefactores que nos la han posibilitado. Todos llevamos un Warren (Robert Redford) en el maletín de nuestros recuerdos.
Tally siempre supo que quería tener éxito, y para logarlo preparó una prueba que remitió a más de treinta cadenas de televisión. Sólo le contestó una de Miami, la WMA. Cuando Tally acudió a la entrevista, mostró algunos de los errores de una principiante: ropa inapropiada, excesivo deseo de agradar con la consiguiente falta de naturalidad, nervios…; sin embargo, estaba impulsada por lo que no puede faltar para lograr el éxito: un deseo de aprender ilimitado, aceptación de su ignorancia y disposición al trabajo y al esfuerzo que exigía su triunfo.
Íntimo y personal. Cuando el alumno aventaja al maestro
Cuando Warren le preguntó qué esperaba encontrar allí, la respuesta fue rotunda y firme: «Creo que puedo aprender todo». A partir de este momento, el experto reportero inició una revisión descarnada del trabajo realizado por la aspirante, y le designó funciones de administración y base de datos dentro de la gestión de la cadena, amén de traerle el café, recogerle la ropa… Fue pasando el tiempo y Tally seguía entregada a la causa administrativa, sin olvidar sus aspiraciones como presentadora, que aprovechó cuando surgió una vacante en la sección del tiempo.
Su jefe le ofreció la oportunidad, que resultó un fracaso rotundo; sin embargo, Warren, extraordinario observador, vio en ella su gran potencial como reportera. Tally «se come la cámara»: este era un argumento muy sólido sobre el que iniciar un camino de maduración, aprendizaje e intervención. Y desde ese momento, Warren se convierte en su mentor, aquel que alivia sus miedos y le confronta con ellos, el que rectifica sus actuaciones y, sobre todo, el que pone el foco en lo importante y le enseña a abstraerse de sí misma, del entorno, de todo aquello que no tiene sentido. Warren y Tally pasan horas interminables revisando el trabajo de ella, buscando mejorarlo y fortalecerlo
Hay dos momentos magistrales: uno, cuando cubre la muerte de dos cubanos en las playas de Miami, y dos, cuando hay una sublevación en una cárcel. En ambos, Tally piensa en los hombres, en sus vidas, en aquello que provoca que el espectador se movilice y vibre con los reportajes. Tiene presente todo aquello que aprendió día a día junto a su maestro, el hombre que se olvidó de sí mismo mientras que le daba pautas y le enseñaba a entregarse por encima de todo, arrinconando el terror y obviando el peligro de su profesión. Warren había trasformado a su alumna en una réplica mejorada de sí mismo.
Tally se convirtió en la mejor, y su ascenso sólo fue posible porque aprendió a conocerse, y desde ahí conformó sus deseos, sus ilusiones, su propósito vital, aceptando sus progresos y viviéndolos con total humildad, repasando sus trabajos con su mentor hasta que estuvo preparada para saltar al vacío del triunfo, mientras que Warren luchaba con la disyuntiva de seguirla o retornar a su vida activa con una propuesta peligrosa que consideraba su «última oportunidad».
«Cada día que tenemos es un día más de lo que merecemos»: así se despidió Warren para siempre de su alumna, compañera, esposa… Entregándole la última lección. Cada día tenemos una oportunidad de cambio irrepetible y única, donde convergen todas las posibilidades de aprendizaje y de generosidad para compartir con nuestro equipo y con nuestros amigos.
Tally dice: «Estoy aquí para dar la noticia. Mi marido me lo enseñó, y de eso no hace tanto… ».
Ciertamente, estamos aquí para hacer bien nuestra labor. Ese trabajo que hemos elegido hace tiempo o que estamos a punto de decidir ahora. Un espacio donde alguien cubrirá el puesto de Warren, ese profesor que nos indicará lo mejor de nosotros para entregar lo más favorable de nuestra faceta personal y profesional.
Gracias a cada uno de los muchos Warren que han existido en mi vida. El mejor, mi padre Joaquín.
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Como pedir para tener (37)

La película que emitió el sábado TVE1, Seducción letal, del director Volker Schlöndorff (EE.UU.- Alemania, 1998), tiene como argumento la mentira, el engaño, los mecanismos que empleamos los humanos para lograr nuestros objetivos con el mínimo esfuerzo y a la mayor brevedad posible.

El director juega en el desarrollo y entramado del film con el resentimiento del joven Harry Barber (Woody Harrelson), quien cumplió dos años en prisión por un falso cargo, y que ahora busca obtener beneficios inmediatos mediante los medios más fáciles. Esto le lleva a aprovecharse de la avaricia de una supuesta señora Malroux, que le contrata para simular el secuestro de la hija de su marido, un hombre mucho mayor que ella y al parecer tacaño, que le restringe la paga. Barber ha de simular el rapto y exigir al anciano el pago de 500.000 dólares. El 10% será para él. Esta cifra, nada despreciable, nubla el entendimiento y la honradez de nuestro muchacho. Para vencer la resistencia (casi inexistente) de Harry, la «señora Malroux» le enreda con sus eróticos encantos  y le explica que la hijastra está de acuerdo con este simulacro.

Cuidado con las peticiones. Todas son escuchadas y todas nos llegan.A partir de este momento, van encadenándose situaciones cada vez más intrigantes y menos resolubles para Harry Barber.

El guionista nos aproxima a realidades vitales que pueden pasar desapercibidas para algunos de nosotros. Un ejemplo puede ser el de cómo se forman las parejas que intervienen en la película, y que son muy similares a las que conformamos en la vida real. Sirva como ejemplo la «señora Malroux», que detecta «el calado humano» de Harry e inician una relación de intereses económicos sin que importen los medios utilizados para la consecución de sus fines.

Pareciera que lleváramos un receptor de ondas energéticas que fuera emitiendo por el aire llamadas como estas: «Ansío amor», «Anhelo ganar dinero», «Busco caricias», «Sueño con ampliar mis relaciones sociales», «Necesito éxito y prestigio». Detrás de cada uno de estos «reclamos publicitarios» podemos leer: «No importa el precio, ni en qué condiciones, ni qué tengo que pagar», porque surgen de una imperiosa necesidad que excluye el análisis de su viabilidad, así como el target al que llega.

Estas solicitudes formuladas de forma consciente podrían darnos buenos resultados. Para ello, hay que definir qué se quiere, de quién, cuándo y para qué. Con esta información detallada, el éxito debería ser inmediato, porque cabe esperar que las ondas son igual de operativas cuando el mensaje es impreciso que cuando lo detallamos y amplificamos al máximo.

¿Cuántas veces hemos hecho llamadas de SOS sin medir las repercusiones? Ahora se trata de enviar mensajes cifrados que clarifiquen nuestras competencias y lo que queremos lograr, para nosotros y para los demás. Seguro que alguna vez lo has hecho y ha funcionado, porqué no seguir intentándolo.

Película asociada: Interstate 60

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Connecting the dots. Recuerdos que nos construyen (31)

En la película de Clint Eastwood Ejecución inminente, que el sábado se emitió en TV1, el director, productor y actor nos ofrece un film un poco mediocre, que sin embargo nos abre un mundo de posibilidades para observar y analizar, como si de puntos conexos se tratara, nuestra vida.

En Ejecución inminente un periodista derrotado, que casi todo el mundo considera un paria, con muy poca ilusión por casi nada y a punto de hundirse en el agujero, se encuentra, a raíz de la muerte de una compañera que escribía sobre un reo en el corredor de la muerte, con un reportaje motivador. El reo, Frank Beachum (Isaiah Washington), cumpliría al día siguiente su condena por haber matado a una joven embarazada de seis meses. Steve Everett (Clint Eastwood) visita al convicto, y después de escuchar la historia de Beachum, dice: «esto me huele mal, y antes mi olfato no me engañaba. Ahora no estoy seguro de que esto funcione; sin embargo, yo pienso que tú no mataste a esta mujer».

Ejecución Inminente

El joven negro había acudido al sitio equivocado, en el instante menos oportuno, e hizo lo menos deseable: salir huyendo cuando entró un hombre en la tienda y le encontró lleno de sangre. El joven había ido a comprar tomate, y pasó un momento a los lavabos mientras entraba en la tienda un asaltante a robar. Era el 4 de julio y se había recaudado poco en la caja. El atracador, cuando no encontró dinero, quiso un colgante de oro de la joven, y al dar esta un paso atrás, el agresor perdió el control y disparó. Beachum escuchó el disparo y salió a buscar a la dependienta, intentando reanimarla sin lograrlo. Seis años han pasado de aquello, y ahora nuestro protagonista está a punto de morir. La abogada le informa de que ha sido denegada la impugnación.

El adiestrado olfato del reportero le lleva a localizar el domicilio de un testigo que considera vital para el esclarecimiento del homicidio. Cuando llega a la casa, se encuentra con la abuela y con que el posible asesino murió tres años antes. Durante la conversación, la anciana juguetea con un colgante de oro que lleva al cuello.

Everett se aleja en su coche golpeando el volante y gritándose «fracasado» mientras escucha en la radio que el condenado Frank Beachum ha confesado al sacerdote del penal que es culpable del asesinato de la joven empleada. Este es un duro golpe para el periodista, que recae en el alcohol.

La vida y sus conexiones tienen perfiles insondables y hasta jocosos. Nuestro fracasado periodista, entre copa y copa, ve un reportaje en la televisión de la muchacha asesinada, quien llevaba puesto el colgante que la anciana tomaba entre sus dedos unas horas antes. De reacciones rápidas pero imprecisas por la borrachera, Everett regresa en busca de la mujer y, como puede, llega a casa del gobernador, quien detiene la ejecución a Frank Beachum cuando ya le habían suministrado una de las tres inyecciones letales.

Aquí queda la trama y el argumento de la película. Ahora nuestro ejercicio empieza así: recordemos una experiencia muy singular de nuestro pasado. Esa que al contarla acabas diciendo: «no entiendo mucho lo que pasó; sin embargo, evité un descalabro… o me salvé de algo muy grave… o hallé aquello a lo que aspiraba desde hacía tiempo». Un hecho que retrospectivamente nos parezca muy casual (causal).

Podemos apoyarnos con el símil del desarrollo del film: ¿qué hubiera sido de Beachum si la joven no hubiera muerto, o si Sverett no tuviera un «olfato» especial, o si no estuviera mirando el televisor cuando apareció el colgante en la muchacha asesinada, o no  llegara a tiempo para parar la pena de muerte? Interrogantes como estos nos llevarán a nuestros connecting the dots, a los puntos que dan sentido a algunos éxitos que nos han parecido  inexplicables.

Nuestro devenir es como un fotograma donde el guionista, productor y director somos nosotros, aunque la mayoría de las veces de forma inconsciente, lo que hace que suframos intervalos de desconexión.

Miremos nuestro connecting the dots y creemos un mapa de ruta, porque seguro que hemos tenido a algún personaje con gran «olfato» para ayudarnos.

Esperamos vuestros mapas en los comentarios.

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Cambio versus violencia (17)

En la película de Quentin Tarantino «Pulp Fiction», que el sábado se emitió en La Cuatro, el director juega magistralmente con la sincronicidad entre tres historias en las que los personajes centrales se van encontrando con situaciones paradójicas que crean un entramado inusual, donde se mezcla el esperpento con giros inesperados de cambio personal.

Las entregas están enlazadas entre sí a través de palabras y hechos relevantes. Son llamadas de atención simbólicas e irónicas, que captan al espectador mediante la intriga, y le conecta con imágenes de las que no puede desprenderse.

cambio versus violencia

En la primera historia, “Vincent Vega y la esposa de Marsellus Wallace”, el guionista y director da un quiebro en la trama y sitúa en el escenario al espectador a través de un golpe de naturalidad: el diálogo entre Vincent y Mia, al que sigue un electrizante twist en el que John Travolta baila sencillo y ligero, apoyándose sobre la puntas de sus pies descalzos.

Después, Mía (Uma Thurman) superficial y alocada experimenta su fragilidad por una sobredosis, de la que Vincent le rescata. Cuando acaba la noche, con una Mia vulnerable, el guionista finaliza la tragedia con un chiste de un tomate aplastado y el secreto del proceso sólo para ellos.

En el relato segundo, “El reloj de oro”, el creador juega con el sentimiento de guerra y ciertos valores a través de la historia de un reloj que acompañó a la familia del protagonista durante las tres últimas guerras. También nos da su visión subliminal de lo que piensa de estos valores a través del sitio donde el reloj es ocultado durante años.

El escritor juega con el valor de Butch (Bruce Willis) una y otra vez recreando momentos de gran tensión y violencia. Sin embargo, hay un instante crítico de cambio cuando Butch, en su última batalla, una vez liberado de sus ataduras y pudiendo al fin escaparse, decide no obstante bajar al sótano donde su enemigo está siendo brutalmente sodomizado, y le libera.

Dentro de la tercera entrega, “La situación con Bonnie”, Tarantino analiza las diferencias entre las reglas de la mafia en Holanda y Francia, repasando la diversidad de costumbres y hábitos, y haciendo hincapié en dos grandes mitos: el Ketchup y la mahonesa.

Un poco antes de liarse a balazos con unos ladrones, Samuel (Mulock) recita un salmo de Ezequiel, y cuando uno de los ladrones, que estaba escondido, les ataca con cinco disparos y no mueren, Mulock decide que es un milagro, y es en esta parte de la trama donde el cambio tiene sentido para Tarantino. Son los hechos inesperados, “los actos milagrosos”, los que marcan los hitos del cambio, aunque la transformación sólo se produce en los que son sensibles y observadores de los hechos relevantes.

Mulock lo llama intervención divina, y poco importa si esto es así o no. Lo que de verdad tiene significado es que en ese instante y no en otro, es cuando decide acabar con los hábitos y compromisos peligrosos que hasta ese momento tenía.

Por el contrario, Vincent acaba sus días en un apartamento, arrojado en una ducha con dos balazos en el cuerpo. Nada de lo que había vivido, ni los impactos que no le mataron, ni salvarse de los asaltantes, ni vencer la sobredosis de Mia, fue suficiente para situarle en una nueva salida de “meta”.

Las escenas de Pulp Fiction parecen alejadas de nuestra vida cotidiana; no obstante, argumentalmente están muy cerca.

¿Ha ocurrido algún “milagro” en tu vida? Y si ha sido así, ¿has modificado algo, o por el contrario, te has dejado arrastrar por la rutina o tu área de confort?

En los días más bajos, donde parece que nos encontramos al límite, seguro que hay capacidad para el cambio. Dentro de cada uno hay un rescoldo que, por pequeño que sea, puede encender una pequeña hoguera. Lo suficiente para iluminar un poco nuestros actos, sentir empatía por nuestros semejantes, sean o no nuestros amigos, y mirar hacia delante.

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Cómo vencer el miedo (12)

En la película de Marc Rocco, Homicidio en primer grado, que el sábado se emitió en Televisión Española, Henry Young (Kevin Bacon)  se debate entre declararse culpable de asesinato en primer grado  (y morir en la cámara de gas) y confesarse responsable  de homicidio involuntario. Esta segunda opción significa la vuelta a la prisión de Alcatraz, lugar en el que había estado recluido en las celdas de castigo durante más de tres años por su intento fallido de fuga.

Del otro lado, James Stamphill (Christian Slater), abogado defensor de Dejar de tener miedoHenry Young, lucha por salvarle de la pena de muerte sin considerar las consecuencias emocionales que tendría para su defendido el hecho de que el jurado le librara de la pena máxima, con la consecuente vuelta a La Roca.

En un momento de gran clímax durante el juicio, abogado y  reo discuten sobre el mejor modo de proseguir la defensa. Henry pide que cambien el argumento inicial de inocente por el de culpable. Ante la incomprensión de su defensor, Henry le dice: «Quiero dejar de tener miedo». Sus ojos llenos de lágrimas y el temblor de sus manos ponen de manifiesto que para Young la muerte significa una liberación de la opresión vivida; opresión que no está dispuesto a repetir.

En la sociedad de hoy quieren dejar de tener miedo como Henry:

  • Los niños que se descomponen ante el autoritarismo de sus padres.
  • Las mujeres que permanecen al lado de sus agresores, y que en casos extremos prefieren el suicidio para finalizar el dolor.
  • Los trabajadores que anulan su invención y creatividad por la amenaza del despido.
  • Y, en definitiva, todos los que están sometidos a cualquier forma de opresión y castigo.

Henry prefirió decir: «Yo he sido el arma, pero no soy un asesino». El jurado le castigó con tres años de cárcel. Henry Young fue asesinado por sus carceleros y no volvió a salir de Alcatraz. El destino es a veces cruel: ocho meses después de su juicio, se cerró La Roca para siempre.

Yo, al igual que Henry Young,  quiero dejar de tener miedo y borrar todos los recuerdos de cobardía acumulados en mi pasado. Para ello, y al igual que nuestro protagonista de hoy, voy a enfrentarme a las situaciones mirando lo que está por venir y dejando atrás lo que no puedo cambiar.

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