Compañía (365)

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Recibí una llamada telefónica de un muy buen amigo. Me dio mucho gusto escucharle. Lo primero que me preguntó fue:

— ¿Cómo estás?

Y sin saber muy bien por qué, le contesté:

—Muy solo.

— ¿Quieres que hablemos? —me dijo

Le respondí que sí.

— ¿Quieres que vaya a tu casa?

—Sí.

Colgó el teléfono, y en menos de quince minutos ya estaba llamando a mi puerta.

Le hablé durante horas de todo: de mi trabajo, de mi familia, de mi novia, de mis deudas… y él me escuchó siempre atento.

Se nos hizo de día; me quedé muy cansado mentalmente, pero me había hecho mucho bien su compañía y, sobre todo, que me escuchara, que me apoyara y me hiciera ver mis errores. Me sentía muy a gusto.

Cuando él observó que yo ya me encontraba mejor, me dijo:

— Bueno, me voy, tengo que ir a trabajar.

Yo me sorprendí, y le dije:

¿Por qué no me habías dicho que tenías que ir a trabajar? Mira la hora que es, no dormiste nada, te quité tu tiempo toda la noche.

El sonrió, y me dijo:

—No hay problema, para eso estamos los amigos.

Yo me sentí feliz y orgulloso de tener un amigo así.

Le acompañé a la puerta de mi casa. Mientras le miraba caminar hacia su automóvil, le grité desde lejos:

—Y, a todo esto, ¿por qué me llamaste anoche tan tarde?

Él regreso, y me dijo en voz baja:

—Es que te quería dar una noticia…

—¿Qué pasó?

—Fui al doctor y me dijo que estoy muy enfermo.

Yo me quedé mudo. Él sonrió, y me dijo:

—Ya hablaremos de eso. Que tengas un buen día…

Se dio la vuelta y se fue. Pasó un buen rato hasta que asimilé la situación, y me pregunté una y otra vez: «¿Por qué cuando me preguntó cómo estaba me olvidé de él y sólo hablé de mí? ¿Cómo tuvo la fuerza de sonreírme, de darme ánimos, de decirme todo lo que me dijo, estando él en esa situación…? Esto es increíble…».

Desde entonces, mi vida ha cambiado. Suelo ser menos dramático con mis problemas, y disfruto mucho más de las cosas buenas de la vida.

Ahora aprovecho más el tiempo con la gente que quiero

CUENTOS CON ALMA, Anónimo.

En el día de hoy escuchemos a todos y cada uno de los seres que nos rodean, recordando que sus asuntos son importantes. O al menos lo son tanto como los nuestros. Revisemos nuestra capacidad de atender a  los demás sin intervenir o mediar con las inquietudes que nos asolan a nosotros.

En algún lugar de nuestro pasado se nos quedaron historias como la que acabamos de leer. Lo bueno es que todos tenemos amigos tan estupendos como este.