Los oídos y la obediencia (357)

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El sentido del oído está unido a la capacidad de captar, de estar atentos, de escuchar prestando atención a aquello que suena a nuestro rededor.

Esta capacidad del oído seguramente la tenemos todos muy asumida; sin embargo, más allá de poder atender a los sonidos, el oído también está conectado a nuestra capacidad de obedecer. Cuando los niños son rebeldes a la autoridad, o quieren desoír los mandatos de sus adultos, cierran sus oídos con otitis rebeldes que no ceden ni con fármacos. Estos procesos son más acusados en sus etapas evolutivas. Las otitis hasta los cuatro años aparecen en niños que tienden a rechazar las rutinas y les cuesta fijar hábitos. Si el niño se niega a las normas y a los límites, las otitis serán frecuentes  de los 4 a los 6 años. Cuando las otitis son recurrentes a partir de los 8 años es que el niño tiene dificultades para obedecer a los demás y  a sí mismo.

Una de las características más significadas de este órgano sensorial es que está presente siempre. No puede cerrarse, como la vista. Para aislarse de aquello que no quiere oír sólo tiene el recurso de la infección o la sordera. Algunos sólo oyen lo que quieren oír, y hacen oídos sordos a aquellas cosas que les comprometen o les evidencian.

Los autores de La enfermedad como camino dicen: « A veces se produce una brusca pérdida de audición, generalmente unilateral y acusada, del oído interno, que puede degenerar en sordera total. Para interpretar el significado de esta afección es preciso estudiar atentamente las circunstancias en las que se presenta. La brusca pérdida de audición es una exhortación a tender el oído hacia dentro y escuchar la voz interior. Sólo se queda sordo el que ya hace tiempo que no estaba para su voz interior».

Esta doble función externa e interna exige que contemplemos este sentido como el que detenta el poder de  escuchar con el ánimo de atender y obedecer a las llamadas de nuestro yo más profundo y de aquello que surge del entorno y nos reclama.

« Denota cierto egocentrismo no prestar oídos a los demás, no querer enterarse de nada. Indica falta de humildad y de obediencia. Lo mismo ocurre con la llamada “sordera del altavoz”. No es el altavoz lo

que daña, sino que la resistencia psíquica al ruido, al “no querer oír”, conduce al “no poder oír”». La enfermedad como camino.

Ese no querer oír acaba provocando acúfenos (ruidos en los oídos) o interferencias con el mundo exterior.

Pongamos atención sobre qué cosas no queremos oír y hacia qué asuntos tenemos los oídos prestos. Seamos también conscientes de que este sentido va endureciéndose en la medida que somos más intolerantes a las conversaciones ajenas a nuestros intereses.

En la vida personal o profesional, este sentido es necesario para interactuar desde la excelencia y el sentido común. Poco o nada podemos hacer si antes no tenemos la información necesaria.