La cocina de la vida (por okupa) (414)

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Por okupa

En realidad cocinar es muy sencillo. Se preparan los ingredientes, se sigue ordenadamente la receta y, una vez transcurrido el tiempo necesario, la recompensa es un delicioso gazpacho que tomaremos fresquito al mediodía. La vida también es sencilla. Va transcurriendo en una secuencia de días sucesivos, planificados y en muchos casos previsibles.

Lo maravillosos de ambas cosas es que de repente ocurre algo que trastorna el orden establecido. El cocinero, en un arrebato innovador, altera el orden de los ingredientes, añade alguno nuevo y da ese toque de cilantro, creando un sabor desconocido hasta entonces y que quizás nos recuerde al campo.

El verano es una época más que propicia para que este revuelo de ingredientes suceda: visitamos lugares en los que ya hemos estado, a lo mejor con otras personas. Pasamos tiempo con nuestros padres o abuelos, y se producen situaciones nuevas en las que descubrimos y nos descubrimos. Este verano está siendo increíblemente así. Se han dado un cúmulo de circunstancias cuanto menos interesantes:

Isla Cristina es un pueblo de pescadores, de luz increíble casi en la frontera con Portugal. Aquí he pasado todas las vacaciones de mi infancia. Aquí sigue el viejo eucalipto donde grabé mi primer corazón, el bosque de pinos donde aprendí a orientarme y las calientes dunas que siguen proporcionando una preciada privacidad. Por este callejón de tierra la mano firme de mi padre sujetaba el sillín de la bici; en aquel banco pasaba con Juanma el interminable tiempo de la sobremesa; sobre esta mesa con azulejos observaba a mi madre separando sin romper las bolsas de tinta de los calamares. La primera pandilla, la primera excursión, la primera hoguera en la playa.

Este verano me han acompañado a Isla Cristina unos amigos de cuando estudié en América. Han venido con sus hijos y con historias de la etapa universitaria y libre de los veintitantos. Con ellos estoy aprendiendo a objetivar recuerdos que con el tiempo he tendido a idealizar. La más importante lección ha sido saber que en las personas dejamos grabada una fotografía nuestra. Recordamos las aventuras y situaciones divertidas o dolorosas, pero dejamos grabada en la memoria de los demás la imagen clara que nos define, y que es la síntesis increíblemente exacta de lo que fuimos durante una serie de años. Ellos me la han traído. Es una imagen dura que habla de indolencia y falta de estímulos. Han desnudado con ella una parte de mi personalidad que solo en parte he modificado.

El tercer ingrediente de este suculento plato estival ha sido mi hija. Sus 16 años me han llevado a los míos; el parecido con su madre hace que recuerde lo que me llevó a enamorarme de ella, así como las irremediables causas de nuestra separación. También me sitúa en mi estatus actual de padre, donde la disciplina y la ternura no siempre conviven. Con ella repaso los 15 puntos de la carta de un hijo a todos los padres del mundo que publicamos hace dos sábados.

En esta turbulencia de personalidades múltiples intento controlarlas todas, aprendiendo de cada una y planificando un futuro en el que convivan. Comprendo así que en cada etapa hice lo que mejor sabía, con la información de la que disponía en ese momento. Puede que la felicidad consista es conseguir esa armonía donde el pasado nos acaricia en orden y podemos vivir un presente pleno, en paz con nosotros mismos y con la mirada puesta en los que nos necesitan.