Mozambique IV. Historias de esperanza (por Manuel Jiménez) (359)

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Por Manuel Jiménez

Vendedores informales: Iniciativa

Maputo es, como la mayoría de capitales Africanas, un lugar de contrastes. Por sus avenidas, Vladimir Lenin, Karl Marx, Salvador Allende, reliquias de otro tiempo, circulan hoy limusinas, Range Rovers y coches deportivos último modelo. A escasas manzanas un joven rebusca en un cubo de basura. Otro hombre de mediana edad camina con la vista perdida. La piel de sus pies descalzos, gastada por el asfalto y descolorida por el polvo, se asemeja al cuero de unas viejas botas agujereadas.  En el hall de un hotel de cinco estrellas un hombre escucha su ipod. Las luces alógenas y el acabado gris de los muebles dan al lugar un aire moderno y visualmente relajante, aunque algo frío. Cerca del mercado de artesanías una familia estadounidense sube a su todoterreno. A su lado, aunque invisible a sus ojos, un hombre semidesnudo duerme sobre un pedazo de cartón que le separa de la basura circundante.

Uno de los mayores problemas que enfrenta Mozambique es el desempleo. Encontrar trabajo, sobre todo en la gran ciudad, es difícil. Por ello, uno se imaginaría que legiones de personas inactivas vagan por la ciudad sin hacer nada. Hace tiempo un buen amigo me confesó que estaba convencido de que el problema de los llamados  ”países en desarrollo” era la desidia de sus habitantes. Maputo es una prueba fehaciente de lo aventurado que resulta generalizar sobre estas cuestiones. La realidad es siempre más compleja, y por ello más interesante de lo que parece a simple vista.

Maputo es un hervidero de actividad económica. Sin oportunidades en el sector económico formal, la población se las arregla para salir adelante. El comercio aglutina la mayor parte de iniciativas emprendedoras. Todo se vende. Dos niños de 11 y 13 años caminan por medio de la calle empujando un carro de madera cargado de plátanos. A escasos metros una anciana con su capulana (vestido típico Africano) en la cabeza para evitar el sol pela naranjas

que vende en una barraca improvisada de cartones y metal. Escobas, fresas, mecheros, objetos de decoración se ofrecen en tiendas ambulantes que cambian de ubicación con el deambular de los vendedores. Un hombre de rostro serio desfila erguido portando en su cabeza un cubo lleno de verduras y hortalizas.

Doña María se levanta a las 4 de la mañana. A la vez que prepara el desayuno para su familia asa castañas de cajú, uno de los principales productos agrícolas de Mozambique. Después de tomar un baño, sale de casa a la 5 de la mañana. Hasta las siete no llegará a las avenidas del centro de la ciudad. Cruza de puntillas las aceras mientras el barrio donde vive, uno de los más pobres, comienza a desperezarse. Ya en su puesto, un trozo de suelo, María machaca con una madera las cáscaras de cajú que sin resistencia a su mano experta se abren descubriendo un fruto de forma oval. La competencia pasa a su lado ofreciendo cacahuetes tostados.

No importa la edad ni la condición física. Ancianos y niños participan en el vaivén comercial. Un hombre con prótesis en ambas rodillas repara zapatos sentado en el asfalto. Maíz asado, gambas, monedas antiguas, huevos, limas, relojes, sacacorchos, escobas y fregonas. Los objetos más inusuales son ofrecidos al caminante, casi siempre con una sonrisa. Joseph es otro tipo de comerciante. De origen sudafricano, ha venido a Mozambique a hacer negocios. Quiere comprar y vender bronce. Si va bien, piensa exportar piña Mozambiqueña a Inglaterra. La piña Sudafricana que ahora recibe el país Europeo es de peor calidad. Según él, hay una gran oportunidad de mercado. Joseph está convencido de que África es el lugar para hacer dinero de verdad. El mercado Europeo está ya demasiado saturado. Su diagnóstico de la pobreza africana resulta interesante. ”La mayoría de empresarios informales no tiene nociones de ganancia, no ahorra y por ello no puede invertir”, diagnostica.

Doña María ha ganado hoy doscientos meticales. Ha sido un buen día. Con ellos comprará un saco de arroz y podrá pagar la medicina que precisa su bebé que llora sin parar desde hace días. Joseph tiene razón en parte. Pero también se equivoca. Doña María sí que invierte. Gracias a su constancia casi todos su hijos han podido estudiar. Para ellos María sueña un futuro lejos de las calles y el fogón.

Los vendedores y emprendedores de Maputo constituyen la materia de cohesión de una ciudad que como un chicle se estira entre polos de opulencia y miseria. Además, forman parte del inmenso sector informal mundial que emplea a una de cada dos personas que en los “países en vías de desarrollo” no trabajan la agricultura. En Maputo ocupan las calles llenándolas de voces, color y vida. A pesar de una vida de penurias ellos son el corazón económico de África, los pies que no se detienen, la esperanza cotidiana.