Mozambique III. Historias de esperanza (por Manuel Jiménez) (354)

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Por Manuel Jiménez

Sophia: Compromiso

Es sábado por la tarde. El tiempo se desliza lentamente y sólo la brisa anima la estática cotidianeidad de Pemba. Por el camino de piedras al borde del mar aparecen Peter y Sophia. Australianos ambos, han decidido conocer África viajando únicamente con una mochila al hombro. Vienen a quedarse unas semanas. Peter es ya un viajero consumado. Años atrás recorrió America Latina y Asia sin rumbo ni plan fijo, al igual que hace ahora en África. Para Sophia el viaje es diferente. Es la primera vez que sale de Australia.

Sophia se crió en una granja en la región de North Victoria. A pesar de vivir en una planicie, la casa más cercana no se divisaba desde ningún punto de la finca. El clima era seco durante la mayor parte del año hasta que en invierno, las lluvias convertían la exhausta y árida tierra en verdes pastizales que coloreaban las suaves colinas del entorno. Cuando se le pregunta por la vida en la granja, recuerda con aire resignado lo duro que era levantarse a las 6 de la mañana para ir a montar los caballos. ”Por entonces, prosigue Sophia, la vida en la granja no me resultaba atrayente. Anhelaba ir a la ciudad y sumergirme en sus estímulos y ritmo frenético.” Ahora, a sus 26 años, está segura de querer vivir en el campo.

La  granja no era sólo olor a hierba fresca, rocío, manos acartonadas de trabajar la huerta, soledad. También había que lidiar con la convivencia familiar, en especial, con su padre. Hombre de su tiempo, el papá de Sophia había sido educado para ser fuerte. Sophia cuenta que la disciplina que trató de imponer era tan extrema que a ella le resultaba ridícula, lo cual facilitó el desarrollo de su capacidad de rebeldía. Por ejemplo, no le estaba permitido hablar en la mesa por ser mujer. Ante situación tan injusta, Sophia protestaba enérgicamente haciendo uso de la palabra. Ahí comenzó a forjarse un carácter determinado.

A los 18 años se trasladó, por fin, a la gran ciudad para proseguir sus estudios. Se había acostumbrado desde pequeña a cuidar animales, así que cuidar personas no parecía mala idea: sería enfermera. Sus años de estudios los pasó de fiesta en fiesta. La ciudad le era irresistible y quería exprimir y saborear la vida en ella al máximo. También tenía ganas de trabajar, así que en cuanto pudo entró en una unidad de quemados. La experiencia fue muy buena. Sin embargo, sus superiores le repitieron tantas veces que era lenta en su trabajo, que acabó creyéndoselo. Aplazó su proyecto de viajar a África pensando que si no era lo suficientemente rápida en Australia, en África no sería de gran utilidad.

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El sol comienza a bajar en Pemba. Ya se puede salir a pasear. Una mujer con el pelo rapado y una larga trenza ata una cuerda entre dos palmeras. De cuerpo fuerte y rostro alegre y energético, Sophia sube de una salto a la cuerda y con un equilibrio envidiable la recorre como si caminara sobre el suelo. Parece tan determinada que me sorprendo cuando me confiesa que es bastante miedosa. Su osadía se debe a

que no quiere que nadie note su miedo. Los extranjeros que habitan las casas de Nahimbe, así como los Mozambiqueños que trabajan allí se acercan poco a poco a la cuerda. Quieren emular a Sofía. Por un momento los dos grupos se mezclan y las diferencias de color, estatus e incluso idioma se difuminan. Sobre la cuerda todos son iguales y, como niños, ríen con las caídas de unos y los traspiés de otros. Se ha producido un momento de comunión raro en estos parajes.

Julia, la amiga de Sophia vivía en India donde esperaba su primer hijo. Un día su marido salió en moto a comprar y nunca más volvió. A los tres días Julia lo encontró en un hospital en coma con el tiempo justo para acariciarle la mano mientras la vida se le escapaba lentamente. Volvió a Australia y rechazando la sugerencia de su padre de abortar, decidió tener a su hija. Sophia fue la elegida para acompañarla en el parto. Recuerda aquel día como una experiencia brutal. Nikita acabó naciendo entre la puerta de un taxi y la entrada de urgencias del hospital. Sophia se sintió tan incapaz que pensó que nunca podría volver a ayudar en un parto.

Paradójicamente, años después se graduaba como matrona y comenzaba a trabajar en un hospital de Perth. Después de un año de servicio Sofía estaba harta de la debilidad de las mujeres australianas y la comodidad de los médicos que abusaban del uso de medicinas a pesar de que no siempre ayudaran a la madre o el feto. Incluso peor era la obsesión de matronas y doctores por eximirse de cualquier tipo de responsabilidad y protegerse en caso de que algo saliese mal. Se trabajaba a la defensiva. El día en que una buena amiga declinó su invitación a cenar porque su casa no tenía aire acondicionado para su hija, Sofía sintió que había llegado el momento de cambiar de vida.

Desde pequeña había soñado ir a África, que imaginaba como un mosaico de colores, naturaleza, olores, rostros, sabores y sonidos. Ahora reposaba en Pemba unos días, antes de continuar hacia Malawi, donde pensaba buscar trabajo en un dispensario médico en la zona rural. Nunca había visto a una mujer o un niño morir en el parto y no sabía si estaba preparada para ello.

Dejando todo para viajar hacia lo desconocido, Sophia se había embarcado, quizás sin ser consciente, en la maravillosa aventura del compromiso. Por eso su vida tenía ya un brillo especial. La vibración de su presencia nos acompañó en Pemba durante unos luminosos días de Septiembre.