Mozambique II. Infierno en el paraiso (por Manuel Jiménez) (349)

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Por Manuel Jiménez

Hace unos días apareció una cría de ballena muerta en una playa de Pemba. Fue una gran noticia para los habitantes del barrio Cariacó que, tan pronto conocieron la noticia, aparecieron por decenas armados con machetes para aprovechar la oportunidad de tener carne gratis para la cena. De la pequeña ballena no  quedó nada. Todo era aprovechable.  Días más tardes una nueva turba provista de machetes se abalanzó esta vez sobre los cristales del coche de una cooperante italiana.  Su todoterreno había sido bloqueado entre dos barricadas hechas con troncos de árboles. Finalmente consiguió sortearlos y huyó como alma que lleva el diablo. Muy probablemente sólo le hubieran robado, pero el susto no se lo quita nadie.

Caminando por la playa me encuentro con Fernando. Resulta sencillo aproximarse a este hombre de rostro bondadoso pero agitado. Caminamos juntos. Después de los saludos rituales me explica que lleva semanas sin ningún ingreso. Ha intentado en vano encontrar empleo como pintor de brocha gorda, su profesión. Hoy acude a la casa de un Sudafricano con quien ya trabajó en el pasado en un último intento desesperado de conseguir trabajo. Tiene cuatro hijos y mujer a los que ama con las pocas fuerzas  que le quedan a su noble, pero exhausto corazón. Sufre por ellos. Además se siente avergonzado ante sus vecinos ya que padece ataques de ansiedad que revelan, según él, su debilidad. Extrañado le pregunto por qué camina por la playa. A esta hora el sol aguijonea la nuca y uno no cuenta con la sombra que proporcionan los árboles del camino. Su respuesta es que teme caminar cerca de la carretera por miedo a perder la cabeza y hacer una locura.

La vida en Pemba consiste, para la mayoría de la población, en una lucha feroz por la supervivencia. Para algunos la situación es límite. En casa encuentro un pequeño libro titulado ”Los Empobrecidos”. En África no es necesario haber leído el libro para entender el sentido de su título. Es suficiente tener los ojos abiertos. En el avión que nos traslada de Londres a Johannesburgo, en el que vuelan cientos de personas, a penas una decena de pasajeros tiene la piel oscura. Esta desproporción resulta aún más chocante volando a Pemba, ya que en Mozambique la minoría blanca es mucho menor que en Sudáfrica. La hegemonía económica de los blancos no es lo más chocante de su presencia en el país. Junto a los emigrantes Boers sudafricanos y sus negocios de turismo ha llegado un racismo desconocido en Mozambique desde el fin del periodo colonial.

Dion emigró desde Namibia y vive en Pemba ya hace 7 años. Trabaja como mecánico de coches y defiende abiertamente el Apartheid. Lo más exasperante de Dion no es su intolerante ideología, sino el hecho de que es una de las personas más dulces que se puede encontrar en Pemba. Bondadoso con los animales y generoso con sus amigos, resulta entristecedor comprobar como su mente ha establecido un límite a su capacidad de amar basado en el color de la piel.

Al racismo de muchos  se suma la indiferencia que la mayoría de los cooperantes muestra hacia la población local. Poco a poco el rol de experto, el todoterreno y el ordenador portátil, la actitud sumisa de los mozambiqueños que les llama ”patrón”  van calando. Sin darse cuenta acaban viviendo en una confortable burbuja que les aleja de la dolorosa realidad que viven aquellos para los que supuestamente trabajan. A pesar de ello, asociar la injusticia en Mozambique meramente con el estatus y poder de la minoría blanca sería un grave error. Los indios que hace tiempo se establecieron en Mozambique y los recién llegados Chinos tratan a los mozambiqueños con igual o mayor desinterés, cuando no con abierto desprecio. Los propios mozambiqueños que integran las clases adineradas no son mejores.

Tras 10 horas de vigilancia el guarda Asane ha finalizado su jornada laboral. Ansía volver a casa con los suyos, aún más si cabe en esta época de Ramadán. Son las 4 de la tarde y desde las 6 de la mañana no come ni bebe nada. Todavía le quedan dos largas horas de camino hasta su casa. Sin embargo, Shine un mozambiqueño para el cual trabaja le ordena que se quede. Esta noche hay barbacoa y hay que preparar el carbón y limpiar la comida que comerán, en la parte delantera de la casa, Shine y sus amigos Europeos. A cambio del trabajo gratuito de Asane, Shine promete llevarle a casa en coche. La oferta no es del todo mala, ya que Asane tiene los pies agujereados debido a las mataqueñas (pequeñas lombrices que se meten en la piel) y las agujas que se emplean para sacarlas.

Shine es, como Dion, una persona simpática. En la barbacoa despliega su dotes de anfitrión, consiguiendo que todos se sientan como en casa. O casi todos. En el porche de detrás de la casa Asane todavía espera. Son las 9 de la noche y hace ya 16 horas que abandonó su casa. Apenas ha comido unos trozos de yuca fría con pan, nada comparable al plato caliente aunque frugal que le tenía preparado su esposa. Shine está ya demasiado borracho para conducir. Al final, otro vecino lleva a Asane. En el coche el guarda comenta entre risas el descuido de su amo que se había olvidado por completo de él.

En el cielo de Pemba se dibuja una de las lunas llenas más hermosas que se puedan contemplar.  Un fino hilo de angustia rasga la magia de la noche. El destino incierto de Fernando y su familia se mezclan con la belleza del momento recordando que en Pemba lo sublime y lo brutal conviven íntimamente formando una mezcla agridulce. La oscuridad y la desesperanza se ciernen sobre Pemba. Sin embargo, ocultas en el paisaje humano Mozambicano existen historias inspiradoras de amor y coraje que merecen ser contadas.