Mozambique I. Paraiso (por Manuel Jiménez) (344)

Leído 2056 veces

Pemba es una ciudad situada en el Norte de Mozambique, en la Provincia de Cabo Delgado.  Desde el primer momento el recién llegado es cautivado por la enorme belleza que de pronto le rodea. La agujereada carretera que circunda la ciudad serpentea ocultando y descubriendo el mar a cada golpe de volante. El reflejo del sol en el agua salpica de claridad los ojos de los que caminan, conducen, charlan y venden pescado en los márgenes de la calzada. Pemba tiene una de las bahías naturales más grandes del mundo donde delfines y ballenas venidas de lejos chapotean libremente durante la estación de primavera que aquí comienza en Agosto. Por la tarde desde la casa se les puede ver saltando, cosa que hacen supuestamente para limpiarse.

El Océano ìndico que baña Pemba late rítmicamente. Sube y baja. Cubre la costa para después dejarla completamente desnuda. Cuando la marea está alta los niños disfrutan de sus aguas, llenando de gritos y risas las numerosas playas de Pemba. Al retirarse el mar deja tras de sí un paisaje marino hasta entonces insospechado. Cangrejos, erizos, estrellas de mar y multitud de otros moluscos pueblan las rocas y pozas de agua caliente que se quedan atrapadas en las irregularidades de la playa. El verde de las algas mancha las rocas mezclándose con el azul y el marrón como en la paleta de un pintor. Este pequeño mundo animado cobra aún más vida en las manos de los niños y mujeres que recolectan pequeños crustaceos para comer o vender. Los hombres, provistos de arpones fabricados con hierros viejos y cañas, aparecen y desaparecen buceando en las pozas más profundas en busca de pequeños peces para la cazuela.

Guille me dijo una vez: ”Aquí en África el sol no se pone, se precipita”. Pronto compruebo que tiene razón. Al caer la tarde, a eso de las 4 y media, el sol cambia del amarillo al rojo pasando por todas las gamas de colores imaginables. En cuestión de minutos se le puede ya mirar directamente transformado en una pelota de tono rojo vivo que permanece por unos instantes pendida en la línea infinita del horizonte. Uno pensaria que los más bonito del día ya ha sido contemplado. Pero la noche aguarda cargada de sorpresas.

Cuando la orcuridad y su suave calma envuelven Pemba, el sonido de la Mezquita que llama a la oración evoca lo sagrado. Asane, el guarda, se coloca su gorro musulmán (aquí llamado cofia) y tumbado en una pequeña estera recita murmullando unos versos para él cargados de sentido.  El rostro de Asane, lleno de dignidad, llama la atención por una bondad que se adivina incorrompible. Su pelo que ya blanquea le hace tener un aire de Morgan Freeman, el negro amable de Hollywood. La bella Ansha, a pesar de vivir con Paolo un suizo que le dobla en edad no acepta la medicina Europea. Incomod

ada por un horrible dolor de cabeza prefiere  acudir a Asane. Él, con su cofia calada arranca unas flores y con sus raices prepara un unguento que aplica en la frente de Ansha. Después de unos días ella ha recobrado su sonrisa habitual.

Por la noche caminando a casa de Laia y Guille que trabajan para Médicos del Mundo la  oscura inmensidad sobrecoge. Tras la copa de los árboles todo es cielo. El cuerpo es físicamente rodeado por la noche que se huele, respira y siente en la yema de los dedos. Uno se queda petrificado ante la belleza del cielo estrellado que la La vía lactea salpica con su mancha lechosa. El tiempo se detiene y uno permanece quieto unos instantes eternos respirando y disfrutando de un nuevo regalo que la vida ofrece en Mozambique.

Se hace difícil decir que es lo más bonito de este lugar. Si los rostros blancos de las mujeres Macuas untados con una crema lechosa que extraen de las raices para hidratar su salada piel. O los árboles de cashew, auténticos monumentos de la naturaleza que colorean de dimensiones verdes la ciudad.  O los generalmente más pequeños, pero igualmente bellos boababs, aquellos árboles cuyas raíces el principito debía arrancar para que no engulleran su pequeño planeta. Aquí son árboles muy preciados. Cuentan que durante la guerra civíl cientos de mozambicanos salvaron su vida escondiéndose en el tronco hueco de estos árboles. En el camino a la playa hay uno de más de cien años. En la parte alta del tronco, donde comienzan las ramas cabe una mensa y varias sillas desde donde se puede ver el atardecer sobre el mar.

Si yo tuviera que elegir algo de Pemba, me quedaría con el ritmo lento de la vida. La frenética actividad económica de las sociedades más acomodadas todavía no ha llegado -para lo bueno y lo malo- a muchos rincones de Mozambique. En Pemba uno se levanta con el sol y se va a dormir con la luna. Se cocina al fuego de la madera, a menudo en comunidad, compartiendo la comida. La mayor parte del día se emplea en caminar, charlar, comprar y vender. Cada actividad requiere su tiempo, se hace despacio, pausadamente pero sin parar. Sin casi notarlo el ritmo milenario natural de la vida invade el cuerpo y la mente que poco a poco se sosiegan dejándose mecer en el baibén del tiempo africano.

Bajo el árbol, enfrente de la casa un perro duerme la siesta. Pasa de nuevo la brisa que mueve las hojas de las palmeras y se va dejándonos un olor mezclado de flores, sal y sudor de los pescadores.