Lo que aprendí esta semana (por okupa) (393)

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Por okupa

Conozco a mi hijo P desde hace 17 años. Entonces se barajaba la posibilidad de enviarle a una casa de acogida especial para niños como él. Su capacidad lógica y de aprendizaje era muy baja y con una dicción muy deficiente, se atascaba en cada palabra, resultando muy difícil entenderle. Gracias a su madre biológica esto no sucedió y P se quedó con ellos y cerca de nosotros hasta hoy. Con su esfuerzo y nuestro apoyo, P ha acabado sus estudios universitarios, tiene un puesto de trabajo fijo en una empresa importante y da gusto hablar con él (ya solo se atasca un poco con el número 7). Su copia extra del cromosoma 21 no le ha impedido realizarse en la vida y ser feliz cada mañana rumbo a su trabajo.

El domingo pasado, a sus 31 años, se encontraba con J y conmigo, mirándonos los tres con rostros pensativos. Su madre biológica estaba ingresada en el hospital y su padre nos había pedido ayuda para comunicar a P que seguramente moriría pronto.

–          P, ¿qué sientes por tu madre?

–          Pues ahora está enferma porque la operaron el 23 de diciembre de 2010 y luego estuvo en el hospital desde el 13 de febrero hasta el 17, y el jueves 10 de marzo pasado la han ingresado otra vez

–          Si  pero, tu ¿Qué sientes por tu madre?

–          Pues, claro, la quiero, y se va a poner buena

–          ¿Sabes que está la posibilidad de que no se recupere?

–          Nunca se sabe, nunca se sabe…

P me enseña cómo, a veces, nos agarramos con fuerza al hemisferio izquierdo con números, datos y fechas para evitar sentir. No es que no comprenda el concepto de muerte, es que simplemente no quiere sufrir, no quiere que sus carnes se desgarren con solo imaginarse un segundo que su madre no va a volver a casa. Nos aferramos con fuerza a la inconsciencia para no sentir, pero ¿qué es la vida sino sentir? Empezamos no queriendo ver lo doloroso y terminamos no viendo tampoco lo dichoso, al no querer ver la tristeza damos a su vez la espalda a la alegría. Me doy cuenta lo vacío de mi existencia por no querer profundizar en mí, por no querer sentir con el otro.

–          Mi madre se va a morir en el 2044

–          ¿Si, y cómo es eso?

–          Pues que es cuando yo me voy a jubilar

–          Ah, ya veo, tu madre estará cuidándote hasta que ya no tengas que trabajar más y te retires a descansar

–          Sí

Lo que al principio imaginaba yo como una escena de lágrimas y dolor explicándole a mi querido P que tenía que ir a despedirse de su madre, se había convertido en una lección de no querer sufrir, de no querer afrontar la realidad, de no querer mirar a la vida directamente a los ojos y amándola, sonreír. Cuántas veces no habré hecho yo lo mismo; cuantas veces mis cálculos no van hacia no dar puntada sin hilo, cuántas veces me he quedado con las cifras para no sentir los momentos.

P tiene síndrome de Down y su madre nos dejaba el jueves.