La viejecita (por Mª Jesúa González) (339)

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Por Mª Jesús González

No hacía mucho que habíamos aterrizado y el calor sofocante y la humedad dirigió nuestros pasos directamente a la terraza de un restaurante, no conocía la ciudad y todo era nuevo, sus gentes, sus costumbres, sus paisajes. Charlábamos sobre las incidencias del viaje y el apetecible recorrido aventura que nos esperaba. Casi en silencio se acercó a nosotros una ancianita de edad indescifrable (quizá hasta tenía menos años de los que le adjudiqué), mirada limpia y una sonrisa amplia y desdentada que me ofreció las mercancías que llevaba, bolsos hechos de batik (tela típica de Java) y abanicos que cargaba en sus manos y hombros.

Por señas y como pude le indiqué que me gustaba uno de los abanicos pero que estaba muy usado. Como era imposible definir tal concepto por señas y ella no comprendía mi empeño en no quedarme con el abanico que usaba como muestra de sus mercancías, decidí señalarle uno de los otros empaquetados en papel celofán y la mujer, entendiendo así mi explicación, quitó una de las fundas de papel transparente de los nuevos y se la puso al que había elegido usado y volvió a mirarme expectante. No sabía cómo decirle que ese no era el problema y que el abanico debía de ser nuevo, no usado. De repente la anciana se quedó parada mirándome y, sin pensárselo dos veces, soltó a mis pies todas sus mercancías con las que habrí

a de sacar el sustento del día y con un trotecito corto salió corriendo y desapareció de mi vista. Me dejó pasmada y sin saber bien lo que hacer con todos sus bolsos y abanicos esparcidos a mí alrededor. Al cabo de casi 15 minutos volvió a aparecer con su trotecito, la cara resplandeciente y el resto de lo que debían de ser la totalidad de sus existencias.

Ni por un momento se planteó la buena anciana que yo pudiera quitarle ninguno de sus valiosos objetos, ni que fuera a dejarle sin ellos y dejarlos allí abandonados y marcharme. Su actitud me conmovió, no había reproche, solo interés por complacerme, entenderme e intentar que le comprara alguna de sus cosas. Su confianza fue total y su ingenuidad tan sorprendente que me pareció un mágico regalo. Por supuesto que el abanico que me gustaba no lo había nuevo pero la única manera de agradecerle esta pequeña lección, este regalo, fue con la compra de otros dos objetos por los que ni regateé. No me atreví a abrazarla. Fue un maravilloso comienzo de mi periplo que me ofrecía una visión diferente, entrañable de sus gentes. Nadie me defraudó después.