La comunicación feliz (por Francisco Carrillo) (378)

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¿Se puede crear felicidad haciendo algo tan sencillo y simple como hablar o comunicar?

Respuesta: SI. Con mayúsculas, Se puede, se debe y además es necesario.

Cuando atravesamos una época de tinieblas políticas, oscuridad económica y zozobra social, no está de más advertir de que la receta para escapar de tan pesimista situación podría estar (se me ocurre) en aliñar la ensalada de nuestra vida con la especia que mejor la define: la felicidad. Y el ámbito en el que mejor podemos desarrollar, compartir, extraer y saborear esa felicidad no es otro que el de la comunicación. Sí, podemos ser felices mientras comunicamos. Como seres humanos, estamos concebidos para crear hábitos y ámbitos de felicidad a través de las palabras. Pensemos que al nacer, ya estamos en un contexto de comunicación feliz. La que generamos en la gente que nos rodea y sonríe de oreja a oreja cuando vemos por primera vez la luz. Es la primera sonrisa, el primer gesto no sonoro (comunicación no verbal, pues emite empatía contagiosa) que provocamos, pero no será el último. La comunicación feliz ha entrado en nuestra vida y será el camino que dibujemos en ella lo que determinará su permanencia o su abandono.

Pensemos el coste ínfimo de crear espacios gratuitos de comunicación feliz. Una sonrisa a un amigo cuando está triste y busca refugio en nuestro hombro, una caricia a un hijo para explicarle que todos

cometemos travesuras. Un abrazo a una madre para decirle lo orgulloso que estás de ella. Un beso para demostrarle a un ser querido que merece la pena levantarse cada día. Y no hemos emitido ni una palabra en todos esos actos. Sin embargo, estamos comunicando. Nuestro lenguaje es claro, directo. Y económico. Nunca tanto fue dicho con tan poco. Ese es el camino. Porque si logramos crear espacios y ámbitos de felicidad entre los que nos rodean, habremos logrado algo mucho más importante que alcanzar unos objetivos laborales o contentar a ciertas mentes antisociales. Estaremos cambiando el mundo, modificando el rumbo de la nave que nos conducirá a un futuro más halagüeño, más participativo, más… de todos. Y eso retornará a nosotros de una forma u otra, tarde o temprano. Cuando nos levantemos mañana, propongámonos durante todo el día generar confianza y felicidad en cada acto que iniciemos. Una sonrisa de complicidad, un “gracias”, un “te quiero”, un “encantado”.

Porque la comunicación feliz es un estado de ánimo (es decir, reside en nuestra alma, por tanto ejercitamos actos conscientes), un modo de vida con el que podemos mejorar en nuestras organizaciones, extraer el talento de nosotros mismos y de quienes nos rodean, ilusionar a los votantes que esperan lealtad manifiesta y no vicio cotidiano de sus representantes. Podemos liderar y hacer liderar si conseguimos elegir las palabras que van a definirnos como personas y a definir nuestro pensamiento. No se trata de obviar ni falsear la realidad por el mero hecho de trufarlo de discurso optimista. Se trata de identificar qué mueve a las personas para ser felices y partícipes de ello. Saquemos nuestros sentimientos a paseo. E invitemos a más gente a pasear con nosotros. Paso a paso, el sendero del cambio tomará forma.

Se habla como se siente. Por eso hay que sentir lo que se habla. Porque las emociones que generamos, que creamos, que compartimos, son como la montaña para un alpinista. Hay que subir y seguir escalando hasta llegar a la cima. Allí nos espera el gran tesoro de nuestra vida: la satisfacción por el trabajo bien hecho, por una causa que mereció la pena, por una ayuda que nunca te pidieron. Y mientras subimos, compartamos la felicidad del trayecto como enseñanza a los que vendrán después de nosotros.

Y ahora, os dejo un enlace para que sigáis buceando en el maravilloso océano de la felicidad

www.institutodelafelicidad.com