Foco y contrafoco (por okupa) (398)

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por okupa

Siempre he envidiado a las personas que tienen desde muy temprana edad las cosas claras en la vida, lo que les gusta y a lo que quieren dedicarse. Esas personas vocacionales que ven materializado el sueño de su infancia y han sabido labrarlo con ilusión, dedicación y esfuerzo. En muchos casos esto pasa por haber encontrado de una manera prematura tu talento: aquello que no solo haces de manera sobresaliente, sino que además disfrutas haciéndolo y no te podrías imaginar haciendo cualquier otra cosa.

Pienso que todos nacemos con unas aptitudes personales especificas y diferentes a las de los demás. Si conseguimos poner el foco en esas aptitudes, desarrollaremos un talento. Para que esto ocurra, solo debemos alinear

nuestras inclinaciones personales con esa aptitud. Si hacemos que confluya lo que hacemos bien con lo que nos gusta, seremos imparables. La formula parece fácil, ¿por qué entonces no podemos encontrar el foco? ¿por qué no somos felices en nuestro trabajo o por qué está tan distanciado lo que nos gusta de a lo que dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo?

La suma mágica de capacidad y vocación la vemos con frecuencia en deportistas, científicos, artistas … Y también la vemos a diario en gente corriente, personas como nosotros que sin necesidad de salir en la prensa o ser reconocidas por la calle, son felices habiendo encontrado el foco de sus vidas. Hombres y mujeres que han encontrado el sentido a eso que hacen bien, a eso que disfrutan haciendo. Como decía Will Smith en la película En busca de la felicidad, cuando ve salir a los brokers de Wall Street: “yo quiero ser como ellos”

Si no está ocurriendo esto en nuestras vidas es porque hay una condición necesaria para que la ecuación anterior funcione.  La capacidad y la vocación deben ir ineludiblemente acompañadas de actitud y oportunidad. Me explico: Es muy difícil que a o largo de nuestra vida no aparezca una persona o una circunstancia que nos brinde la oportunidad de sacar lo mejor de nosotros. Puede ocurrir en la infancia cuando, de visita en casa de algún familiar descubrimos un instrumento musical del que ya no nos separaremos en la vida. Estos impulsos de la infancia han quedado aplacados muchas veces por nuestros padres o por el propio sistema educativo que busca mantenernos en el “cauce correcto” no dejando casi nunca que expresemos talentos políticamente incorrectos. A pesar de ello, las oportunidades también surgen en nuestra edad adulta, cuando nuestro jefe nos encarga un trabajo que nunca antes hemos realizado y nos damos cuenta lo feliz que somos haciéndolo. Por ejemplo, el haberme colado en este blog, me ha dado la oportunidad de poder escribir todos los sábados, desarrollando una capacidad que tenía bastante dormida. Disfruto haciéndolo, ¿y si pudiera convertir esto en el foco de mi vida?

Aquí entra en juego el otro elemento: la actitud. Actitud es la forma en la que nos confrontamos con la responsabilidad de esfuerzo que implica tener foco. A los 16 años, pasaba los veranos en una playa del sur de España. Muchos atardeceres nos juntábamos la pandilla en la playa, Antonio llevaba su guitarra y hacía las delicias de todos con su música. Yo pensaba que me encantaría saber tocar la guitarra como Antonio, pero no era cierto, porque si lo fuera, habría tomado lecciones, practicaría cuatro horas al día y estudiaría en profundidad el instrumento, que era lo que hacía Antonio. En realidad yo admiraba la idea de tocar la guitarra, envidiaba unos resultados conseguidos a fuerza de unir capacidad, vocación y una actitud que si duda llevaría a mi amigo a realizarse como guitarrista.

El contrafoco es aquello que ponemos en la balanza y que pesa más que el foco, de tal manera que hace que este se pierda. Una vez perdido, utilizamos la excusa habitual: yo es que no sé qué capacidades tengo, yo no sé para qué he venido a esta vida, yo no encuentro mi foco. Sin duda lo hemos encontrado, así como también hemos encontrado el contrafoco: la pereza, la soberbia, la desidia, son elementos habituales que nos hacen preferir una vida sin esfuerzo, sin tener que reconocer a un maestro del que aprender, o sin tener que remar en una dirección concreta. Mi problema no es saber cual es mi foco, mi problema es conseguir que en la balanza de la motivación, el foco pese más que el contrafoco. Es cierto que me gusta escribir, pero, ¿estoy dispuesto a aprender a escribir bien? ¿estoy dispuesto a pasarme varias horas al día investigando, leyendo, escribiendo, buscando datos y estructurando una novela? ¡Por Dios!, con lo cómodo que se está viendo el Madrid – Barça.