África, historias de esperanza: Desconexión-identidad (por Manuel Jiménez) (390)

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Por Manuel Jiménez

África, el continente negro, es la herida del mundo. Nombres como Biafra, Congo, Ruanda, Somalia, Darfur, Sierra Leona evocan imágenes de cadáveres, amputaciones, barrigas hinchadas, costillas marcadas, moscas, armas en manos infantiles, lágrimas y dolor. Crisis alimentarias, desertificación, conflictos étnicos, tortura y represión política han llenado la tierra africana de cruces.

Para entender tanto sufrimiento es necesario examinar el pasado. El tráfico de esclavos que se cobró 8 millones de vidas durante varios siglos diezmó familias, comunidades y estados privándolos de la energía e iniciativa de sus hombres jóvenes y la sabiduría y liderazgo de

los adultos. Directamente relacionado con este comercio, la colonización europea destruyó las estructuras políticas, económicas y sociales, afectando patrones de gobierno, creencias, sistemas de propiedad de la tierra y uso de los recursos naturales entre otros. Ambos procesos afectaron la psique africana a un nivel profundo imprimiendo un sentimiento de inferioridad transmitido de generación en generación.

La lucha por la independencia a mediados de siglo trajo durante unos efímeros años el sueño de un futuro mejor. La esperanza duró poco. Por doquier gobiernos corruptos y dirigentes megalómanos de diversas ideologías continuaron el saqueo de los recursos y la destrucción del tejido humano de sus países, en ocasiones en sentido literal. La guerra fría, luchada realmente en África, puso en manos de estos dictadores armas y dinero fácil, otorgándoles un poder difícil de enfrentar. Casos como el de Nelson Mandela en Sudáfrica o Julius Nierere en Tanzania son excepciones que se cuentan con los dedos de una mano.

A pesar de las buenas intenciones, la cooperación para el desarrollo no logró revertir esta situación. De hecho, incluso fomentó la dependencia proyectando de una manera irrespetuosa la imagen del subdesarrollo sobre todo un continente. A su vez, presentó el “mundo desarrollado” como el ideal a alcanzar sin considerar alternativas intermedias. El cambio social y político que África claramente necesitaba quedó en un segundo plano. En su lugar, la pobreza fue concebida meramente como una carencia material que podía ser resuelta técnicamente.

Según la premio Nóbel y activista nigeriana Wangari Maathai la mayoría de la población africana vive hoy en día rodeada de miseria y alienación, presa de apatía y falta de confianza. Los propios líderes africanos, con sus mercedes, siervos y mansiones

de lujo viven otra forma de alienación persiguiendo poder y riqueza personal. Así se alejan de las formas de gobierno tradicional del continente orientadas al servicio de la comunidad.

Los problemas de África podrían equiparase con las heridas personales fruto de una educación basada en exigencias desmesuradas, ideologías alienadoras e imposiciones asfixiantes. Estos cánones de conducta, a pesar de ser impuesto en muchos casos desde el amor, alejan al individuo de su verdadero ser produciendo desconexión, desorientación y falta de autoestima. Identificar los obstáculos del pasado es el primer pasó hacia el conocimiento y la afirmación personal. Sin embargo, centrarse meramente en la herida personal produce parálisis. La búsqueda obsesiva de culpables quizá evite el miedo que puede producir la responsabilidad de vivir la propia vida pero también suprime la enorme alegría que da la libertad de saberse dueño del destino personal.

De igual manera, la población africana debe ser consciente de las fuerzas externas que la han condicionado históricamente y continúan afectándola de manera negativa en la actualidad. También deben aceptar su cuota de responsabilidad. Finalmente, como la propia Wangari Maathai aconseja, África debe trascender (que no olvidar) sus heridas e iniciar un proceso de recuperación moral y espiritual basado en la enorme diversidad cultural y medioambiental del continente. Para ello el punto de partida es la apreciación de su propia identidad y dignidad entretejida de tradiciones, naturaleza, historia y cultura. Estas son las raíces de la vida africana garantes de la autoestima colectiva. El olvido de esta riqueza ha tenido un costo demasiado elevado. Quizás África sea el problema, pero seguro que es también la solución.